jueves, 5 de marzo de 2015

Carmen Iglesias , de su abuela a ella. Una historia para la Historia #8Mrobótico

Carmen, escribe, para un cumpleaños, el suyo, nos regala porque ...La costumbre es que te regalen, yo quiero invertirla y regalároslo a vosotros, mis amigos...
Cuánto he disfrutado escribiendo y eso os lo debo a todos...





De abuelas a nietas
De la lámpara de carburo al ADSL
Mi abuela no vivió en un jardín de rosas, alumbró 5 hijos y 5 hijas con todas las estrecheces que una se pueda imaginar. Vivió en una huerta parecida a la barraca de Blasco Ibáñez, los muebles los iba haciendo mi abuelo a medida que aumentaba la prole. Cuando yo era niña, al salir del cole por las tardes, acudía al taller de costura familiar donde mi abuela, mi madre y mis tías recordaban con mucha emoción anécdotas de aquella época, como la confección de sus propias muñecas de trapo, las más bonitas del mundo, de todos los colores, tejidos y texturas. 


Posiblemente, la primera tecnología que mi abuela conoció fue el coche del cacique del pueblo y las bombas y metralla de la guerra allá por el año 1937, cuando nació mi madre, con el susto y el hambre en el cuerpo sin saber noticias de mi abuelo en el frente.
Mi abuela no tuvo teléfono, ni lavadora, ni minipimer, ni demás enseres domésticos comunes y corrientes de todas las casas, todo lo hacía con sus manitas y sus abalorios, enristraba ajos como un auténtico robot.
A casa de mi abuela, punto de encuentro familiar, arropados por las faldillas de la mesa camilla, llegó la televisión. Ensimismados, veíamos a los Chiripitifláuticos, medio atufados por el brasero de cisco. Recuerdo una tarde, en la que no llevábamos más de 10 minutos ante la pantalla, cuando mi abuela nos apagó la tele por si acaso se calentaba y salían chispas de aquel parapeto, como ella lo llamaba, colocado encima de la alacena.
A mi otra abuela no la conocí, mi padre me contó que era menudita, discreta, muy apreciada por las vecinas, por su disposición a ayudar en lo que hiciese falta y muy querida por los suyos. Se la llevó muy joven una enfermedad rara por determinar. Desconozco sus devaneos con la tecnología, de seguro los tuvo.
Mi madre, una gran mujer, ha pasado hambre y trabajado sin descanso. De niña, ayudando en la crianza de sus hermanos, apenas fue a la escuela porque tenía que ayudar a mi abuela y acompañar a mi abuelo en sus viajes nocturnos practicando el estraperlo para sacar adelante a las 10 criaturas y presenciando en alguna ocasión como le quitaban la carga sin ningún pudor de tener a una niña delante. Casó joven y siguió trabajando en el campo junto a mi padre, gobernó una casa de labranza enorme y disfrutaba compartiendo nuestro cuidado con el de su pequeña granja de gallinas, conejos, patos, cerdos y una yegua que nos aguantaba mansamente cuando la utilizábamos para jugar al escondite.  Mi madre sigue administrando la casa, ya no hay conejos, ni gallinas, hijos y nietos seguimos merodeando por allí, ¿dónde vamos a encontrar mejor casa rural con trato exquisito? Por cierto, nos llega la Wifi de casa de mi hermano, ¿qué más podemos pedir?

Todavía me acuerdo de la cara de satisfacción y el descanso de mi madre cuando entró en casa la batidora, el frigorífico, la lavadora… Y lo mejor, el teléfono, para poder hablar con mi abuela que acudía a la llamada a casa de su vecina, con mis tías o con alguna amistad, como ella solía decir. Siempre he sentido que la mayor alegría para mi madre fue la compra del tractor que pasó a sustituir a la yegua, Clavija, a la que tanto lloramos cuando murió. Todos en casa aprendimos a conducir con el Sava Nuffield, después llegaron otros más modernos con cabina y calefacción, pero el Sava siempre tendrá un rinconcito en nuestro corazón.

Mi madre se sintió muy orgullosa de mí cuando dije que quería ir a la Universidad, soy la primera mujer en la familia con título, todo un honor para ella.
Por lo leído hasta ahora, ya habréis deducido que pertenezco a una familia de clase media-baja, me crié entre gallinas, lavaderos de ropa, costuras, remolachas y alfalfas, escuchando los discos solicitados y los seriales de la radio; qué dulzura escuchar a Matilde Vilariño.


Cuando cumplí 14 años cayó en mis manos un manual de historia, me asomé al feudalismo, a la revolución industrial, a la revolución rusa, al marxismo……  y empecé a tomar conciencia de que había que ir poniendo en aviso a mi padre y hermanos: el trabajo había que compartirlo cariñosamente, lo mismo el del campo que el de casa, no lo conseguí del todo pero algo avancé. Desde entonces no abandoné mi vocación por la historia y los derechos sociales.
La tecnología a mí también me ha llegado tarde como a mi abuela y mi madre. Me refiero a Internet, que ha transformado nuestro mundo y nos ha puesto casi todo al alcance de la mano. Desde el principio decidí agarrar el toro por los cuernos y cuando no sé, pregunto, como siempre me ha dicho mi madre. Me ha facilitado mucho el trabajo y lo más importante he hecho grandes amigas y amigos. Permitidme que os diga que esta tecnología ha llegado arrasando, sin manual de instrucciones, aliena e incomunica en muchos casos y te esclaviza en otros.
Yo siempre he sido una persona muy libre, no tengo móvil, esclavitudes las justas y las que yo elija, nunca he soportado que me silben al oído o que me tengan localizada en todo momento, de eso nada, lo que les faltaba a los jefes para tenernos trabajando las 24 horas del día. Si hay algo que me enfada sobremanera es estar entre amigos o en familia pasando un buen rato y que alguien esté colgado del móvil, digo yo, al que no le interese la reunión, que no acuda, y no utilice el móvil como pretexto para estar en su nube particular. Por si alguien me malinterpreta, el móvil me parece uno de los avances más completo de la tecnología, eso sí, utilizado en su justa medida.
La desigualdad de género no hay tecnología que la elimine, sólo una buena educación en la escuela y en la familia podrá doblegarla, así que ¡manos a la obra!