lunes, 2 de marzo de 2015

Jose Luis desde Peñaranda, desde la biblioteca ...emocionado para emocionar ¡grande!

Llega ese caballero de Peñaranda, envuelto en palabras y haciéndonos sentir en ese lavadero, en esa manera de mirar el mundo de su abuela, de tantas abuelas de los que peinamos canas...
Gracias por estar siempre presto a la llamada de ese personaje que enreda en la red y dejándote atrapar por la telaraña ... nuestra telaraña.



El moño de la abuela Pepa

Cuando la primera lavadora automática hizo acto de presencia en la casa familiar, mi abuela Pepa no paraba de mirar por el ojo de buey tratando de averiguar la alquimia de una máquina que eliminaba las manchas de la ropa sin tener que restregar con los nudillos, dar bálago, aclarar y escurrir la ropa retorciéndola hasta el estrangulamiento, como quien estruja un limón.  No alcanzaba a comprender que una máquina con aspecto de cíclope, pudiese dejar la ropa casi tan bien como ella, porque a decir verdad, mi abuela siempre era capaz de encontrarle algún defecto o de percibir los restos inexistentes de una mancha, a pesar de su visión borrosa por las cataratas.  Mi abuela  Pepa estaba convencida de que el aparato de un solo ojo, o quizá sería mejor decir de boca redonda, tenía celos de ella,  ya que era capaz de darle más blancura a la ropa interior con el método tradicional. Y allí estaban, una y otra, en el lavadero, en abierta competición por ver quien acababa antes la colada. Mi abuela restregando sobre la tabla de lavar con el jabón casero, y la máquina digiriendo su ración diaria de sábanas y camisas.  Un día, al comenzar el centrifugado, la lavadora hizo un movimiento extraño y comenzó a dar saltos desplazándose amenazadoramente por la habitación. Mi abuela, desprevenida ante el ataque imprevisto de aquella fiera que quería expulsarla del lavadero,  se levantó para hacerla frente, pero dio un traspiés, perdió el equilibrio  y se desplomó hacia atrás alcanzando el suelo con la cabeza.  Menos mal que su frondoso moño encima de la nuca amortiguó un golpe que podría haber resultado fatal. Desde ese día, mi abuela se mudó con su tabla y su barreño de zinc, al patio de luces de la casa, aunque cada mañana acudía al lavadero a mirar como la máquina, de nombre ELBE Stice Novissima,  hacía su trabajo.  La abuela siguió lavando su propia ropa hasta el mismo día de su muerte, acaecida el 8 de marzo de 2007, cuando tenía 96 años.  Barruntamos que algo iba a ocurrir, porque esa mañana, la abuela Pepa fue hacia el lavadero con su tabla y su barreñón,  los depositó encima de la lavadora, murmuró algo entre dientes y desenchufó la máquina de la corriente.

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